LA LLAMARADA

–¡No recae culpa en mis manos!– dijo Judith con cara desencajada mirando a la multitud.

Sin embargo, aquella casa ardía implacable, desafiando a la extinción por parte de cualquier ser o cosa. Repetía insistentemente que no era culpa suya, quiso que lo supiéramos desde un inicio. Sin embargo las dudas persistían.

Hace dos años, otro fuego devoró la granja donde los bovinos buscan abrigo en invierno. Ella desempeñaba entonces el papel de guardiana, y numerosos aldeanos la contemplaron regocijada mientras las llamas devoraban hasta el último rincón de la cuadra, impasible ante la consumación de cada astilla de pino. Ninguno de los animales halló salvación, y por ello, muchas personas de la aldea sucumbieron ante la carestía de sustento en la estación gélida.

Ni entonces ni ahora existía evidencia alguna de su culpabilidad. La mirada de nadie captó el instante del inicio de las llamaradas.

A la mañana siguiente del incendio de la casa, un anciano ataviado de manera singular se presentó en la Plaza Mayor, vistiendo una suerte de traje negro, relleno de lana, detalle peculiar dado el inclemente verano. Su llegada suscitó expectación, congregando a la totalidad del pueblo en el corazón de la plaza para contemplar al enigmático personaje.

– ¡Que aparezca Judith Wilson! – exclamó con voz grave y temblorosa.

¿Qué desearía este individuo de quien nadie confía? murmuraban los vecinos entre ellos.

Judith, entre la muchedumbre, se vio obligada a avanzar hacia el hombre, su rostro reflejando desconcierto, como si lo reconociera de algún modo.

– ¡Tú! ¡Es imposible! ¡Te vi consumirte en el fuego de la granja de hace dos años! ¡No puedes estar aquí frente a nosotros! – Exclamó Judith.

La multitud, atónita ante la situación, se sumió en un silencio repentino. En ese instante, el hombre, con ojos desorbitados y una mirada intensa, apresó firmemente a Judith y, sin soltarla, exclamó:

– ¡TÚ ME MATASTE! ¡NADIE HALLÓ MIS RESTOS! ¡ME CONVERTISTE EN CENIZA!

– No es real que estés aquí. ¡Te maté! Incendié la granja contigo dentro. ¡NO PUEDE SER! – exclamó Judith entre sollozos.

– He regresado para vengarme, yo incendié ayer la casa con tu presencia dentro mientras dormías – gritó el anciano misterioso.

– ¡NOOOOOO!

El aullido desgarrador de Judith resonó en toda la aldea como un lamento terrorífico que ahuyentó a todas las aves y animales en millas a la redonda.

En ese preciso momento, de su brazo sujeto con fuerza por el anciano, emanó una luz tan resplandeciente como el sol, extendiéndose como un rayo por el cuerpo de Judith hasta que estalló en una llamarada azul que la consumió por completo, haciendo que desapareciera entre humo y cenizas.

Algunos testigos que resistieron en la plaza, consternados por el horror, relatan que tras el suceso, el enigmático hombre se desvaneció misteriosamente entre las ruinas del incendio de la granja de aquel fatídico invierno, cuya autoría ya todos en la aldea conocían.

 

Relato corto ilustrado de Daniel F. Martínez. Ilustraciones obtenidas de Bing Image Creator

 

 

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Un comentario en «La llamarada»

  1. Maravilloso relato acompañado de una excelente ilustración, a la altura de autores como Bequer, de tema fantástico o romántico.
    Me a gustado mucho,
    Esperamos tu saga de relatos cortos, gracias

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